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De esta clase son los derechos que proclama la Declaración de 1948, a la que se ha adherido tal cantidad de países. Y algo similar es lo que pretenden quienes en 1977 proclaman una “Declaración de Derechos de los Animales” y también los defensores de unos “Derechos de la Tierra”, que ya se contemplan en alguna Constitución Política, como la de Ecuador. En este último caso se apela a tradiciones indigenistas, como las de Ecuador o Bolivia, que entienden a los seres humanos como parte de la Naturaleza, incapaces de desarrollarse adecuadamente si no es respetándola y cuidándola como a un ser que tiene entidad y personalidad propia. La Naturaleza, la Tierra no sería entonces un algo, sino un alguien, sería la Madre de todo lo vivo y lo inerte, y vivir en paz con ella formaría parte del buen vivir, del Sumak Kawsay.
En realidad, esta convicción, matizada de una forma u otra, no es propia sólo de tradiciones indigenistas, sino también de todas las culturas panteístas, tanto orientales como occidentales, y desde mediados del siglo pasado cobra una fuerza especial gracias a determinados movimientos ecologistas. Pero lo extraño es que se hable ahora de “derechos” de la Tierra, que es una expresión ajena a las culturas indígenas y al panteísmo más elaborado. ¿Es que estas tradiciones no habían caído en la cuenta hasta ahora de que la Tierra tiene derechos, o lo que sucede más bien es que no los tiene, pero se emplea ese lenguaje por otras razones?
La Tierra no tiene derechos, pero sí valor
Quiero empezar este apartado aclarando que, ami juicio, sólo los seres humanos tienen ese tipo de derechos que se proclaman en la Declaración de 1948 y que, en consecuencia, ni los animales ni la Tierra los tienen. Lo cual no significa que no tengan un valor que nos obliga a no dañarles y a tratarles con cuidado. Un cuadro hermoso tiene un valor, y si alguien lo maltrata o lo destruye, está actuando de forma inhumana, porque no es propio de personas destruir lo valioso. Contemplar las Cataratas del Iguazú es un espectáculo único, y tratar de desviar las aguas del río sería destruir algo bello, cuando debemos cuidar la belleza y acrecentarla.
Pero eso no significa afirmar que el cuadro o las cataratas tengan un derecho que deba ser reconocido, sino que tienen un valor. Y si conservarlos entra en conflicto con valores que consideramos superiores, como puede ser la vida y la integridad de los seres humanos, entonces los valores superiores tienen prioridad. Otra cosa es depredar la Naturaleza y destruirla, en cuyo caso no estamos respetando su valía.
A estudiar pormenorizadamente este tema dediqué el libro Las fronteras de la persona. Defendía allí que los animales y la Tierra tienen valor, pero no derechos ni tampoco dignificad, porque sólo los tienen los seres humanos que gozan de la capacidad –actual o virtual- de reconocer qué es un derecho y de apreciar que forma parte de una vida digna. Si los demás no se lo reconocen, tienen conciencia de ser injustamente tratados y ven mermada su autoestima. Por eso, para ser sujeto de derechos es preciso tener la capacidad de reconocer qué significan esos derechos y qué trascendencia tienen para vivir una vida realizada.
Ése es el caso de los seres humanos, incluidas las personas discapacitadas, a las que no hay que separar de la comunidad humana, sino todo lo contrario: es preciso poner todos los medios para que se desarrollen al máximo sus capacidades en el seno de sociedades humanas. De todo ellos se sigue que tenemos el deber de proteger los derechos de las personas, tanto los de primera y segunda generación como los de la tercera.
Naturalmente, animalistas y ecologistas profundos calificarán esta posición de “especista”, de privilegiar a la especie humana frente a las demás en el trato moral que hay que dispensarle. Pero ese calificativo me parece totalmente falaz: reconocer que hay una diversidad de seres y que esa diversidad requiere un diferente trato moral, de forma que debemos proteger los derechos de los que los tienen y cuidar a los que no los tienen, pero son valiosos, no supone incurrir en ningún tipo de “ismo”, sino tener capacidad de discernir.
Y es que, a mi juicio, quienes hablan de derechos de la Tierra utilizan ese lenguaje sobre todo por dos razones: porque saben que tiene una gran fuerza emotiva, que resulta contundente y por eso sirve para movilizar a las gentes; y porque parece que la única forma de obligar a las personas a respetar a cualesquiera seres es alegar que tienen derechos. Ese parece ser el único modo de obligar a recogerlos en códigos que pueden imponerse mediante coacción.
Pero, justamente, eso es lo contrario de lo que dice defender el Paradigma Ecológico que está a la base de todos estos movimientos, porque ese paradigma dice tener por base el valor intrínseco de la Tierra y de la Naturaleza. Ante semejante valor –prosiguen- es necesario sustituir la ética de los derechos y los deberes, propia de éticas que se han ocupado de las relaciones entre los seres humanos, por una ética de actitudes: por la actitud de respeto ante lo valioso y vulnerable, como es el caso de la tierra.
Ética de la responsabilidad y el cuidado de la tierra
Sin duda en el seno de los movimientos ecologistas existe una gran heterogeneidad. Algunos se contentan con exigir un desarrollo sostenible en nuestra relación con la Naturaleza, para beneficiar alas generaciones futuras, o al menos para no perjudicarlas, entendiendo como “desarrollo sostenible” el intento de compatibilizar la producción de alimentos con la conservación de los ecosistemas, como única forma de asegurar la supervivencia, y el bienestar de las generaciones futuras. Otros, por el contrario, van más allá y proponen un nuevo Paradigma Ecológico, que sustituiría al antropocéntrico, preponderante en la tradición occidental, y también al animalista, que no considera ni a los vegetales ni al resto de la Naturaleza.
Sus claves serían las siguientes: es preciso abordar los problemas de la naturaleza de forma global, y no de modo unilateral como hace el pensar tecnológico, porque hay interdependencia entre todos los; el biocentrismo debe sustituir al antropocentrismo, que ha sido el núcleo de todas las éticas de la reciprocidad, ya que la Naturaleza es valiosa por si misma y no tiene sólo un valor instrumental; el marco de las éticas interpersonales debe ampliarse para integrar también las relaciones con las generaciones futuras, con los animales, las plantas y los seres inanimados, más allá de los límites de la reciprocidad; el desarrollo sostenible a escala global requiere una educación orientada al respeto por la vida, una moral de actitudes, y una ética de los derechos y los deberes, fundada en la idea de obligación, es preciso promover el “yo ecológico” de las personas, y no sólo el “yo social”; y es necesario crear la comunidad biótica, no sólo la comunidad política.
El mejor camino para encarnar este Paradigma Biocéntrico consistiría en educación a los jóvenes para que se sientan inclinados a respetar la Naturaleza por su valor mismo, por la alegría y el gozo que produce salvaguardar aquello a lo que se tiene un aprecio profundo. Las personas, entonces, estarían dispuestas a defender su “yo ecológico” y no sólo su “yo social”, y se ocuparían de la tierra por inclinación natural, y no sólo por deber moral. Todo ello exigiría transitar de las éticas de derechos y deberes, nacidas de un contrato entre iguales, a una ética de la responsabilidad y del cuidado de la Tierra.
Afirmaciones estas en las que yo al menos estoy en parte de acuerdo, porque nos movemos en un mundo de seres valiosos y vulnerables y bueno sería educar en el respeto y el cuidado, aunque esos seres no puedan tener conciencia de derechos ni de deberes y por eso no se pueda decir que no tienen derechos. Pero también se debe enseñar a priorizar, a recordar cómo las exigencias de la justicia que plantean los seres humanos están dolorosamente bajo mínimos. Cumplir los objetivos de Desarrollo del Milenio, que se propusieron en 2000, proteger los derechos de los seres humanos es, creo yo, una tarea prioritaria.
Adela Cortina
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